Jueves en la tarde, tengo una cita semanal con mis amigos en
el café de la esquina cada jueves en la tarde. Hoy se me hizo tarde, antes de
cruzar la calle los veo a través del vidrio como ríen, con el café en la mano
conversan, algunas tazas grandes, otras pequeñas y un amigo que siempre decide
tomar el café helado en una copa muy elegante, la levanta tal como si fuese un
brindis. Cruzo la calle y entro al café. Al abrir la puerta llega a mí ese
delicioso aroma que impregna mi ropa y mis sentidos, no soy catadora de café,
pero tres años yendo al mismo café cada jueves en la tarde me hace reconocedora
de sus olores.
Una nariz entrenada puede diferenciar en el café hasta 36
aromas, que van desde olores de tierra y tabaco, pasando por cedro, pimienta,
mantequilla fresca, pan tostado y nuez.
Para descubrir los olores en una taza se requiere de
práctica y tiempo, cada jueves en la tarde me entretengo en la conversa abierta
con mis amigos, pero también me entrego a descubrir nuevos olores. Unas veces
huele a vainilla, es un olor cálido, sensual, ligeramente mantecoso y
sorprendentemente poderoso que se desprende de las vainas de la vainilla. Otras
veces huele a pimienta, es un olor intenso, casi metálico, que se asocia con un
sabor picante y ardiente.
Pero el de todos el que más me gusta es el olor a manzana,
es un olor afrutado y fermentado de la manzana cuando se la pela. Sugiere una
sensación de frescura en el paladar y un sabor discretamente dulce.
Oler al café es un proceso de adiestramiento y comparación,
no soy una oledora profesional, pero he entrenado mis sentidos y creado un
concepto claro en la diferencia entre un café bueno y uno malo.
Tal vez me disperso un poco cada jueves en la tarde, ser más
olfativa que auditiva no me permite dar muchas opiniones, pero nunca cambio un
jueves en la tarde sólo por estar cerca del aroma del café.
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